Cochino dinero
Glubby Blurris era un tipo bastante corriente. No destacaba en nada, tenía pocos amigos y llevaba una vida solitaria. Iba a currar todas las mañanas a una floristería, aunque le parecía una mariconada.
Cuando salía, se encerraba en su casa a ver vídeos porno caseros de personas follando con animalicos. Le parecía algo tan tierno que terminaba eyaculando sobre la pantalla mientras gritaba como un cerdo al que le cortan los huevos de un tajo.
En su día a día a menudo jugaba él sólo a pressing catch, al brilé, a calimbre, a la cogida, al escondite y a policías y ladrones. También era muy aficionado a la lectura histórica. En esos momentos estaba leyendo la biografía de Toni Genil y Belén Esteban. Además, era muy cinéfilo, y en sus estanterías podían reconocerse clásicos del séptimo arte de la categoría de Jaa me maten, Brácula y El gran marciano. También poseía la colección completa de chascarrillos de Chevy Chase, e incluso las divertidas chanzas y gags rebosantes del humor inteligente y transgresor de Arévalo, con secundarios del calibre de Malena Gracia.
Glubby, sólo en la floristería, pensando en tucanes, by Brett McCoughlein
Sus dividendos a fin de mes no le alcanzaban para llegar a cumplir su sueño de viajar por el mundo y conocer todas las culturas. Padecía insuficiencia renal, al igual que Santa Claus antes de conocer a Rudolph y compañía, por lo que los médicos le habían advertido de que si seguía en su empeño de dar la vuelta al mundo, estiraría la pata y alimentaría a los gusanos menos exigentes. Así mismo se lo dijeron. Pero Glubby no era un tipo que se asustara con facilidad, aunque sí que se asustaba con facilidad. De hecho, le asustaban las grietas de la acera, las paredes blancas, el ácido desoxirribonucleico y los maños.
Todas las semanas jugaba una quiniela de un euro, pero como no sabía rellenarlas nunca ganaba nada. Siempre marcaba las tres equis en cada partido, o sea, que cubría todas las posibilidades. Luego se pasaba horas pensando en qué había fallado, si había cuidado hasta el mínimo detalle, pero terminaba pensando que algo se le habría escapado. Así semana tras semana, día tras día, hora tras hora.
Hasta que un contundente fin de semana un niño de tres años que se encontró en un after le invitó a una raya, aunque él en primera instancia respondió que era más de pepsi. Encajó con sorpresa la carcajada general y nunca preguntó a qué era debida, simplemente sonrió como si estuviera bromeando, aunque no lo pillara. Quería encajar con la plebe, aunque si estaba allí a esas horas era porque andaba buscando una panadería y se había perdido.

After al que acudió Glubby aquel fatídico día, by Colli Mamersis
Después de echarse unas risas a costa del gobernante de turno, la semana santa y el día de los enamorados, terminaron hablando de las quinielas. Glubby descubrió entonces como rellenarlas, aunque fueron los efectos de las sustancias consumidas los que aclararon sus ideas, porque a la mañana siguiente seguía igual de patán. Incluso hizo un hueco entre las tres equis, y se las ingenió para poner cuatro. Creía que a lo mejor era eso lo que le había enseñado su amigo la noche anterior.
Para sorpresa de su joven y yonki amigo, y para sorpresa también de un servidor, esta historieta cochambrosa y de tintes bizarros dio un vuelco total en lo que a expectativas se refiere. Resulta que nuestro querido amigo inconexo con la realidad ganó la quiniela. Nada más y nada menos que 15 millones de euros.
De repente, su vida cambió. En primer lugar sobornó al dueño de la floristería con tres millones de euros, para que le aumentara el sueldo de 500 a 550 euros al mes, pero currando tres horas diarias más. Por fin tenía la sartén por el mango. También compró un terreno de dos metros cuadrados en pleno centro de Groenlandia por la módica cantidad de cinco millones de euros. El vendedor, trilero unos minutos antes, le aseguró que esos terrenos se revalorizaban constantemente y que en un año quintuplicaría su inversión. Glubby sonreía con prepotencia y arrogancia, mientras veía alejarse al vendedor. Se preguntaba por qué corría tanto.
Más tarde, un pensamiento aterrador se posó en su diminuto cerebro: se dio cuenta de que quizás tanto poder adquisitivo asustaba a la gente, así que decidió que no quería que el dinero le cambiara, y donó cinco millones de euros a la gente más necesitada. Puso un anuncio para donar pasta a los menos afortunados. Un tipo muy mayor que vestía de negro muy trendy, con unas gaficas que por lo visto estaban muy a la última, fue el primero en estar ahí para trincar pasta. Luego alguien le dijo que el tío era un artistaco de un grupo irlandés, con nombre de eso que te dan para coger transporte público mensualmente.
También pasó por allí otra artista que le dijo que necesitaba el dinero urgentemente para ingerir no sé qué medicina. Era una persona también muy avejentada, que olía a lebrancho y hablaba muy raro, y que había participado en un festival con una canción que cantó sin acordarse de la letra del estribillo….¡y había ganado!.
Glubby sentía que no le cabía el corazón en el pecho, pero era por la extraña disposición anatómica de su esternón.
Así fue como nuestro protagonista fue malgastando su fortuna hasta acabar como al principio: hecho un deshecho. Volvió a las pelis de zoofilia, a cantar rancheras en karaokes de baja calaña y a votar por sms a qué persona expulsarían del reality-show más de moda.

Extraño esternón de Glubby, by Alférrez McPotasio
Historia e «ilustraciones» – Dingo Wollobolf